Novela independienteMineros de la Lunaportada en preparación
Novela independiente · Ciencia ficción

Mineros de la Luna

El precio del progreso se paga abajo

Próximamente
Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

Año 2040. El helio-3 que arrancan del polvo lunar enciende los reactores de fusión que alimentan la Tierra, y los que lo extraen son cuarenta y tres trabajadores encerrados en una base semipermanente del Mar de la Tranquilidad, a dieciocho meses de contrato y un sueldo que en casa no verían en diez años. Sobre ellos manda Raúl Ortega, un veterano que lleva once años intentando proteger a su cuadrilla sin que lo despidan por hacerlo. Junto a él, Nadia Petrov, una ingeniera que ya pagó una vez por callarse y no piensa hacerlo dos. Y Luis Torres, el novato que bajó por dinero y va a descubrir lo que cuesta de verdad la luz que otros encienden.

Cuando los sensores avisan de que la galería principal se asienta sobre una estructura que la empresa sabe inestable, la dirección, por boca de un representante que solo aparece en videollamada, decide que la producción no puede parar. Lo que viene después no es un accidente: es lo que pasa cuando alguien decide, desde un despacho cómodo, que la vida de un minero cabe en una casilla de coste.

Un drama industrial de supervivencia en la frontera más dura imaginable, sobre la dignidad de los que trabajan, la solidaridad como único soporte vital y lo que un grupo de personas es capaz de hacer cuando ya no le queda nada que perder salvo los unos a los otros. La vieja historia de la mina, trasladada al cielo.

Las primeras páginas

El último kilómetro

Luis Torres había imaginado el momento mil veces durante los nueve días de viaje, y ninguna se parecía a esto. Había pensado en silencio, en majestad, en algo parecido a lo que muestran los documentales con música de cuerdas. Lo que hubo fue un zarandeo seco que le clavó las correas del arnés en los hombros, un rugido que no terminaba de ser sonido sino vibración en los dientes, y la voz aburrida del piloto por el intercomunicador diciendo que el descenso era nominal, como quien anuncia que el autobús va con cinco minutos de retraso.

—Manos quietas —dijo el hombre sentado enfrente, sin abrir los ojos—. La primera vez todo el mundo quiere agarrarse a algo. No hay nada a lo que agarrarse. Cierra los puños sobre el regazo y respira por la nariz.

Luis hizo caso. Era lo único que podía hacer. A través de la portilla, del tamaño de un plato, el mundo se había vuelto gris. No el gris de una mañana de lluvia en Cádiz, sino un gris total, mineral, sin verde ni azul en ningún rincón, un gris que parecía la única materia de la que estaba hecho todo allá fuera. La superficie subía hacia ellos despacio y luego de golpe, como si la Luna hubiera decidido en el último instante que sí, que iba a recibirlos.

El módulo de descenso encendió los retrocohetes y entonces apareció el polvo. Brotó de la nada, una cortina ocre y plateada que tapó la portilla entera, que se elevó en arcos largos y rectos porque no había aire que la frenase ni viento que la despeinara, polvo que subía y caía como en una película a la que le hubieran quitado el sonido y la mitad de la gravedad. Luis pensó, absurdamente, en la harina cuando su madre golpeaba el saco contra el borde de la artesa.

Un golpe. Otro. El suelo, por fin, debajo. Los motores murieron y el silencio que vino después fue tan completo que Luis oyó su propio corazón.

—Bienvenido a Tranquilidad —dijo el hombre de enfrente, y abrió los ojos. Tenía la cara picada de quien lleva años respirando aire reciclado, y una sonrisa que no era amable ni cruel, solo cansada—. Aquí abajo la llamamos así, Tranquilidad, sin más. Lo de Estación Perseverancia es para los folletos. ¿Primera vez?

—Sí —dijo Luis. La palabra le salió ronca.

—Se nota. —El hombre se desabrochó el arnés con la soltura de quien lo ha hecho mil veces y se quedó flotando medio palmo por encima del asiento antes de posarse otra vez, recordando que allí pesaba algo, aunque fuese poco—. Vienes por la pasta.

No era una pregunta, así que Luis no contestó. Pero era verdad. Había venido por la pasta. Dieciocho meses arriba y volvería a la Tierra con lo que en el astillero de Cádiz no habría juntado en diez años de soldadura, los pulmones aún jóvenes y la deuda saldada. Eso decía el contrato. Eso decía el reclutador, un tipo trajeado con los dientes muy blancos que le había puesto la mano en el hombro y le había dicho: muchacho, esto es el futuro, y el futuro paga bien.

Tardaron veinte minutos en igualar presiones, una eternidad sentados en el cascarón mientras una bomba zumbaba en algún sitio y el indicador de la mampara pasaba del rojo al ámbar y del ámbar a un verde apagado. Luis miró por la portilla. El polvo se había asentado ya, despacio, todo a la vez, como si alguien hubiera bajado un telón. Y allí estaba, lo que de verdad le quitó el aliento, no el descenso ni el gris ni el silencio.

La Tierra.

Colgaba en el cielo negro a media altura, quieta, azul y blanca, del tamaño de una moneda sostenida con el brazo extendido, y no se movía. No salía ni se ponía. No iba a ninguna parte. Estaba clavada en aquel punto del cielo como un ojo, y Luis comprendió de pronto, con una certeza física que le bajó por la columna, que durante dieciocho meses la vería siempre ahí, en el mismo sitio, mirándolo. Allí abajo, en aquella mota azul, estaba su madre con el tanque de oxígeno al lado de la cama. Estaba la deuda. Estaba todo lo que era su vida. Y desde aquí cabía en la uña de un pulgar.

—No te quedes mirándola mucho —dijo el hombre, recogiendo su bolsa—. Engancha. Hay tíos que se pasan los descansos en la cúpula mirándola como bobos, y luego no aguantan el contrato. La Luna no perdona la morriña. —Se colgó la bolsa al hombro—. Me llamo Pavel. Soy de los que llevan tiempo. Si tienes dos dedos de frente, harás lo que yo haga y callarás cuando yo calle.

La esclusa se abrió con un suspiro hidráulico hacia un túnel flexible, una manga acordeonada que conectaba el módulo con la base, mal iluminada, con el suelo de rejilla y las paredes sudando una condensación que no debía estar ahí. Luis se levantó. El cuerpo le pesaba poco y nada, los pasos le salían demasiado largos, tuvo que sujetarse al mamparo para no irse de bruces. Detrás de él, los otros tres novatos se levantaban con la misma torpeza de potros recién nacidos.

Al final del túnel, en el umbral de la esclusa de la base, había un hombre esperándolos. Cincuentón, ancho, con un mono de trabajo descolorido en los codos y una barba gris de tres días. No sonreía, pero tampoco hacía falta; había algo en cómo estaba plantado allí, con los pies bien separados y las manos en las caderas, que daba la sensación de que aquel túnel, aquella esclusa y posiblemente toda la Luna estaban a su cargo y él lo sabía.

—¿Sois los del relevo? —preguntó, y antes de que nadie contestara ya estaba contándolos con la mirada—. Cuatro. Pedí seis. —Resopló—. Claro. Pasad. Despacio. El que se rompa una pierna el primer día se vuelve a la Tierra en la siguiente nave y sin cobrar, así que id despacio, que aquí lo barato sale caro.

Pavel pasó a su lado y le dio una palmada en el hombro.

—Raúl.

—Pavel. —El hombre lo miró, y por un instante la dureza de la cara se le ablandó—. ¿Todavía toses?

—Todavía respiro —dijo Pavel—. Que ya es más de lo que algunos pueden decir.

Raúl no contestó a eso. Se volvió hacia los novatos, y sus ojos se detuvieron un segundo de más en Luis, el más joven, el que aún miraba hacia atrás por encima del hombro buscando la portilla, buscando la Tierra.

—Tú —dijo—. ¿Nombre?

El libro completo, próximamente en Amazon
Índice · 82 capítulos
  1. El último kilómetro
  2. El recuento
  3. Lo que mata aquí
  4. El mar gris
  5. Houston
  6. La primera salida
  7. Bajo tierra
  8. El atasco
  9. El parte
  10. La mesa de los del 67
  11. A 1,3 segundos
  12. Soluciones parciales
  13. Lo que Raúl no dijo en la videollamada
  14. El cielo se va a poner negro
  15. El día que dura un mes
  16. La grieta
  17. Sáquenlos
  18. El búnker
  19. La economía del polvo
  20. Después del cielo negro
  21. El número que no cuadra
  22. Hierro o aire
  23. La cuenta de Sole
  24. El novato aprende a mentir
  25. La música de Yusuf
  26. Los datos
  27. La viuda de Bautista
  28. El parche
  29. El que decide de verdad
  30. La casa de Vance
  31. Reabran
  32. Turno de noche lunar
  33. El temblor
  34. El derrumbe
  35. El recuento de los vivos
  36. Maya, esa noche
  37. Aire para cuántos
  38. La cápsula del relato
  39. Bajar a por ellos
  40. Los que volvieron
  41. La subida
  42. Lo que aguanta
  43. Pavel
  44. El informe sale del cajón
  45. El primer eco
  46. El chantaje del aire
  47. Cuenta atrás de víveres
  48. El paro
  49. Las noches de la huelga
  50. Reyes acorralada
  51. La Tierra mira hacia arriba
  52. La grieta en el muro
  53. El asedio aprieta
  54. La cuenta de Sole, otra vez
  55. El relevo que sí llega
  56. El precio
  57. La mesa de negociación
  58. La caída de Reyes (a medias)
  59. El reciclador que Tomás salvó
  60. La carta a Carmen
  61. Pavel baja a la Tierra
  62. El mensaje de la madre
  63. El informe con nombres
  64. La rutina nueva
  65. La primera parada
  66. Dos viejos amigos
  67. Vance, abajo
  68. La llamada a casa
  69. La carta de Lena
  70. Lo que decide Raúl
  71. El primer aniversario
  72. La decisión de Luis
  73. La despedida
  74. Aire de verdad
  75. El almendro de Cádiz
  76. Años después
  77. Los almendros florecen
  78. El que vuelve de visita
  79. El relevo cuenta
  80. La ceremonia
  81. Lo que se queda dentro
  82. La Tierra en el cielo