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Novela independiente · Costumbrista

Las que salieron del relato

París, 1967: cinco amigas y la Historia que las separó

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Sinopsis

París, 1965. En un piso sin ascensor de la rue de Vaugirard viven cinco mujeres que han cruzado una frontera para dejar de ser lo que se esperaba de ellas: Cova, asturiana; Nadia, libanesa; Karin, alemana; Tamar, israelí; Salma, palestina. Se juran una sola regla: la Historia se queda en el descansillo.

Durante casi dos años lo consiguen. Hasta que, en junio de 1967, la Guerra de los Seis Días entra por la radio y ya no se va. Lo que la geografía había enfrentado fuera empieza a romperse dentro, y cada una termina arrastrada a un bando que había jurado no mirar.

Medio siglo después, Cova escribe lo que pasó desde una galería frente al Cantábrico. Es la única que salió intacta, y sabe por qué: porque nunca eligió. Y porque una tarde tuvo en la mano la vida de una amiga, y no movió un dedo.

Una novela sobre la amistad que la Historia no perdona y sobre la culpa del que sobrevive sin mancharse.

Las primeras páginas

Prólogo

Escribo esto en una galería que mira al Cantábrico, en la misma casa en la que nací, que es una manera de decir que no he ido a ninguna parte. Tengo delante una caja de hojalata con cartas y, dentro de mí, una deuda que ya no podré pagar con nadie porque a quien se la debo ha muerto.

De las cinco que compartimos aquel piso de París, dos están muertas y las que quedamos no podemos sentarnos a la misma mesa sin que, al cabo de un rato, alguna se levante con cualquier excusa y ya no vuelva. Lo cuento yo, Covadonga; Cova para ellas desde la primera tarde, porque «Covadonga» se les hacía un trabalenguas y porque, ahora lo sé, una se llama de cuerpo entero solo en su tierra.

Soy también la que menos derecho tiene a contarlo. Las otras eligieron: un bando, una causa, un servicio, un uniforme aunque no lo llevaran puesto. Yo no elegí nunca nada. Salí entera de todo aquello, que es la forma elegante de decir que jamás me jugué nada. Las que se juegan algo lo pierden; yo conservo hasta la última cucharilla de plata de mi madre.

Nos juramos no separarnos. Lo dijimos en serio, con esa solemnidad de las que todavía no saben que la Historia trabaja por turnos y que nos había apuntado a las cinco en su lista, cada una en una casilla distinta. Tardó unos años en venir a recogernos. Cuando vino, fue puntual, como vienen las cosas que de verdad nos pertenecen.

Las dos noticias me llegaron con semanas de diferencia, tarde y por terceros, como se entera uno de lo que ya no puede remediar. No fui a despedir a ninguna. A una no me dejaron. A la otra no me atreví. Las dos razones son cobardes; la segunda, además, es mía.

Para entender cómo cinco mujeres que se querían acabaron así, hay que volver muy atrás. A un tren nocturno. A una frontera donde, para pasar de un país al otro, había que bajarse de un vagón y subirse a otro, porque ni siquiera las vías de mi España encajaban con las del resto del mundo. Y a un invierno de 1965 en que yo aún creía, con toda mi alma de niña bien, que la amistad era más grande que el mapa. Empezaré por ahí, por el invierno y por el tren, que es donde empieza todo lo que después no supe parar.

1 · La que llega del norte

Mi madre no vino a la estación. Mi madre no iba a las estaciones; los adioses la despeinaban, decía, y prefería despedirse en el recibidor de casa, donde el espejo le devolvía una imagen compuesta. Me dio un beso en cada mejilla, me recordó que escribiera los jueves y me deslizó en el bolso un sobre con dinero francés que ella misma había mandado cambiar, para que no tuviera que pedir nada a nadie. En mi familia el dinero servía, sobre todo, para no tener que pedir.

Para llevarme a la estación estaba Avelino, que conducía el coche de mi padre desde antes de que yo naciera y que aquella mañana metió mi baúl en el maletero con la misma cara con que lo habría cargado para un entierro. En Asturias todavía no había aeropuerto, lo abrirían tres años después, cuando yo ya fuera otra, de modo que para irse de allí había que hacerlo despacio, por tierra, como se salía de todo en aquel país: con paciencia, con permiso y mirando atrás.

La casa quedó atrás con su galería acristalada mirando al mar, los magnolios de mi abuela, el camino de gravilla que mi padre hacía rastrillar los sábados. Miré el Cantábrico todo lo que el Cantábrico se dejó mirar, gris y enorme y mío, porque algo me decía, sin saber aún cuánto, que iba a medir contra aquel gris el resto de mi vida. No me iba huyendo de una desgracia. Esa es la parte difícil de explicar, la que me ha costado años decir en voz alta: no había en mi casa ninguna desgracia de la que huir. Había, eso sí, un porvenir tan dibujado que se le veían las líneas. Un buen matrimonio, una buena casa, unos buenos hijos, y por encima de todo una ley que en mi país decía, con todas sus letras, que la mujer casada necesitaba el permiso del marido para trabajar, para abrir una cuenta, para viajar, para ser. No huía de nadie. Huía de una vida que ya estaba escrita con mi nombre y a la que solo le faltaba que yo entrara a vivirla.

Avelino me dejó en el andén, le dio una propina al mozo que no me correspondía a mí repartir, y me recomendó que tuviera cuidado con los franceses. Fue el único consejo que me llevé para salir al mundo, y, como casi todos los consejos, era sobre el peligro equivocado.

Viajé en coche cama de primera, porque viajar de otra manera no se le habría ocurrido a mi familia ni para castigarme. Pasé la noche oyendo al tren rezar su letanía de hierro y pensando, con una arrogancia que hoy me da vergüenza ajena de mí misma, que me marchaba a ser libre. No se me pasó por la cabeza que la libertad pudiera costar caro. En mi mundo, hasta entonces, nada costaba: las cosas venían, y si no venían, se compraban, y si no se compraban, se olvidaban.

En Irún nos hicieron bajar a todos. Resultaba, yo no lo sabía, que las vías de España eran más anchas que las de Europa. El tren no podía cruzar la frontera sin más: había que transbordar las maletas y los cuerpos de un andén a otro, de un ancho de mundo al siguiente. Bajé al frío de la madrugada con mi baúl y mi sobre de francos. Un guardia civil de bigote y tricornio sudado me devolvió el pasaporte sin mirarme a la cara, como si una mujer joven viajando sola fuera una pregunta que él prefería no hacerse. Subí al tren francés, que olía distinto, a otro tabaco y a otro jabón. Y cuando arrancó, antes de que mi cabeza entendiera nada, mi cuerpo supo que estaba saliendo de una casa que tenía la puerta entornada hacia dentro. No sé decirlo mejor. Durante diecinueve años había respirado un aire al que no sabía que le faltaba algo; y de pronto, al otro lado de unos raíles que ni siquiera encajaban, el aire me entró entero en los pulmones y casi me mareo.

Llegué a la estación de Austerlitz con un frío que no era el mío, un frío de ciudad, sin sal. París no me recibió: París no recibe a nadie, te deja pasar y allá tú. Cogí un taxi que olía a perro mojado y a Gauloises y crucé calles relucientes de lluvia hasta una casa de la rue de Vaugirard, un cuarto piso sin ascensor que mi padre pagaba sin entender muy bien para qué pagaba. Subí los peldaños contándolos, porque contar es lo que hacemos las niñas bien educadas cuando tenemos miedo y no nos lo permitimos.

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Índice · 16 capítulos
  1. Prólogo
  2. 1 · La que llega del norte
  3. 2 · Las cinco
  4. 3 · Junio del 67
  5. 4 · La dispersión
  6. 5 · Tamar, o el orden
  7. 6 · Salma, o el regreso de aquello de lo que se huye
  8. 7 · Nadia, o la zona gris
  9. 8 · Karin, o el lujo de la duda
  10. 9 · La cadena se rompe
  11. 10 · Las primeras desobediencias
  12. 11 · Cova, desde lejos
  13. 12 · El contacto
  14. 13 · Ruptura
  15. 14 · París otra vez
  16. Epílogo · La que escribe