Sinopsis
Llevan ciento dieciséis años cayendo hacia una estrella. Nadie a bordo de la *Heredad* ha pisado nunca un planeta; la sexta generación nació entre pasillos de metal, luz fingida y la promesa de un mundo nuevo que justifica cada hambre y cada turno. Hasta que la gravedad falla nueve minutos y mata a un hombre, y empieza a verse lo que había debajo de todos los carteles.
Elías Navarro repara una nave que envejece más deprisa de lo que admiten los partes. Suri Patel custodia el Archivo y encuentra registros que no cuadran: una misma fecha, dos rumbos distintos. El comandante Ionescu lleva cuarenta años sosteniendo un secreto que recibió de su predecesora en un lecho de muerte. Y bajo todo late una pregunta que nadie se atreve a hacer en voz alta: ¿y si la misión por la que viven terminó hace medio siglo, sin que nadie lo dijera?
Un drama espacial contenido y tenso sobre la identidad, la memoria y el propósito. Qué queda de una persona, de un pueblo entero, cuando descubre que la verdad que sostenía su vida fue enterrada por piedad. Y qué decide hacer cuando ya no puede dejar de saberla.
Las primeras páginas
El turno de noche
A bordo de la Heredad la noche era una convención. La luz de los pasillos bajaba a un ámbar espeso a la misma hora cada ciclo, no porque algo se pusiera, sino porque alguien, hacía ciento dieciséis años, había decidido que los hombres necesitan creer que el día se acaba para poder dormir. Elías Navarro había crecido bajo esa luz mentirosa y la quería como se quiere lo único que se ha tenido.
Cerraba turno en el ramal seis del anillo medio, con la caja de herramientas colgada del hombro y las plantas de los pies reconociendo el suelo como quien lee. El suelo de la Heredad no era plano. Era la cara interior de un cilindro de cuatro kilómetros que giraba sobre sí mismo, y por eso el peso no caía hacia abajo sino hacia fuera, hacia el casco, y por eso, si uno andaba mucho rato en la misma dirección, el pasillo entero parecía subir despacio delante de él sin subir nunca. Elías ya no lo notaba. Notaba otras cosas. Notaba que la junta del mamparo 6-C silbaba un poco más que ayer, un suspiro fino que solo un técnico de mantenimiento sabía oír entre el zumbido de fondo que lo cubría todo y que la gente llamaba, sin pensar, el aliento de la nave.
Por las pasarelas laterales aún pasaba gente. Una mujer de los Verdes con un saco de esquejes a la espalda, dos críos que deberían estar en sus literas persiguiéndose entre las columnas de servicio, un viejo del gremio del Casco que saludó a Elías con dos dedos en la sien y siguió arrastrando los pies hacia el sector de literas. Olía a tierra húmeda y a metal y al desinfectante dulzón que echaban en los recicladores, el olor de siempre, el olor de estar vivo dentro de una máquina.
Arriba, donde el cilindro se cerraba sobre las cabezas a kilómetro y medio, se veían las luces de los sectores opuestos como un cielo invertido y pobre: ventanas encendidas que eran las casas de otros, colgadas boca abajo sobre el vacío central, sin caerse nunca porque la misma rotación que pegaba a Elías al suelo los pegaba a ellos al suyo. De niño le aterraba. Le parecía que un día el truco se cansaría y todos aquellos hogares lloverían sobre él. El viejo Doroteo, que entonces era su maestro y todavía tenía la voz entera, le había puesto una llave inglesa en la mano y le había dicho que el miedo a caer hacia arriba era la cosa más sana que un hombre podía sentir en una nave, porque significaba que entendía dónde vivía. Casi todos lo olvidaban. Vivían como si el suelo fuera el suelo y el techo el techo y nadie estuviera sosteniéndolos a base de hierro y de fe.
Elías no lo olvidaba. Era parte de su trabajo no olvidarlo.
Pasó por delante de la sala común del ramal, donde a esa hora un puñado de los suyos jugaba a las fichas bajo la lámpara grande. Renko levantó la barbilla al verlo.
—Navarro. Una mano.
—Vengo de doce horas con las manos en una membrana de soporte vital —dijo Elías—. No quiero ver más manos hoy.
—Por eso te necesito. El que pierde le debe ración al que gana, y yo llevo perdiendo desde el lunes.
—Renko, no se puede deber ración. Es ilegal y es idiota.
—Todo lo bueno lo es —dijo Renko, y barajó.
Elías se quedó de pie un momento en el umbral, mirándolos. Eran cinco, todos del Casco, todos con la misma piel cenicienta de los que pasaban la vida en los niveles bajos, cerca del reactor y de las máquinas, lejos de los Verdes y de su luz buena de cultivo. Sobre la mesa, junto a las fichas, había un cartel impreso que el gremio repartía cada ciclo y que nadie leía entero: el parte de estado de la nave. RUMBO NOMINAL, decía arriba, con la mayúscula de siempre. SISTEMAS DENTRO DE PARÁMETROS. Y debajo una columna de cifras que querían decir que todo iba bien y que Elías, que esa misma tarde había remendado con cinta de presión una pieza que debería haberse sustituido hacía veinte años, sabía que no querían decir nada.
—¿Por qué pones esa cara? —dijo Renko.
—Por nada. —Elías señaló el cartel con la barbilla—. ¿Tú te crees eso?
—Me creo que mañana tengo otras doce horas y que hoy quiero ganarle dos raciones a este. —Renko empujó una ficha hacia el centro—. Lo demás que se lo crea el Puente, que para eso les pagan.
A nadie le pagaban en la Heredad. No había con qué. Había raciones, había horas, había el sitio que cada uno ocupaba en la malla de gremios que la Carta había tejido un siglo atrás, y había la palabra del Mando, que era la moneda de verdad: si el Puente decía que el rumbo era nominal, el rumbo era nominal. Elías había vivido sus veintiséis años dentro de esa certeza como dentro del cilindro: girando con ella, sin tocar nunca el borde.
—Otro día —dijo, y se apartó del umbral.
Bajó por una de las escalas radiales hacia su litera, en el nivel próximo al casco, donde la gravedad pesaba un punto más y el zumbido se hacía más hondo. Aquí ya no había noche fingida: la luz era de trabajo, blanca y plana, porque a este nivel solo bajaban los del gremio y las máquinas no necesitaban creer que el día se acababa. En el rellano, alguien había escrito con grasa en un mamparo, hacía meses, una frase que la limpieza nunca terminaba de borrar del todo: ¿hacia dónde? Solo eso. Dos palabras y un signo. Elías pasaba por delante cada día. Cada día las leía sin querer. Cada día se decía que era una pintada de un descontento cualquiera, de uno que había bebido del alambique que todos sabían que escondían en el sector ocho, y cada día algo en él, pequeño y terco, se quedaba un instante más de la cuenta mirando el signo de interrogación.
Hacia Próxima Centauri. Eso era lo que respondía la Carta, lo que respondían los partes, lo que respondía cualquiera a quien se le preguntara, si es que a alguien se le ocurría preguntar. Hacia el mundo nuevo, hacia Híbris, hacia el sitio donde la Heredad dejaría de ser nave y sería raíz. Faltaban décadas, generaciones quizá; nadie de los vivos pisaría aquel suelo, y eso tampoco se discutía. Uno arreglaba la nave para los que vendrían. Era el oficio y era la fe, y Elías nunca había distinguido del todo lo uno de lo otro.
Índice · 75 capítulos
- El turno de noche
- Manos
- Peso
- La cola
- El Archivo
- Por qué Suri eligió el Archivo
- La caída de arriba
- Frío de mando
- El nombre de los muertos
- Raciones
- Polvo del Archivo
- Preguntas al Puente
- Lo que Doroteo recuerda
- La pregunta y el castigo
- La sección sellada
- Lo que vio
- El año setenta
- El agua de antes
- El gremio aprieta
- Lo que Mara aprendió de su madre
- Vega
- El reactor cansado
- Naima
- Dos verdades
- El hermano que no quiere saber
- La pista de Doroteo
- Muere el maestro
- Híbris
- El mando lo sabe
- La llave de Doroteo
- El nivel sellado
- La voz de Adekunle
- Adekunle
- La primera mentira de Ionescu
- El último mensaje de la Tierra
- Los años del Silencio
- Solos
- Lo que se hace con esto
- La fuga
- Mara exige
- Convergencia
- El cerrojo de Vega
- El Archivo intervenido
- Reunión clandestina
- Ionescu y Elías
- El derrame
- Se rompe
- Tres miedos
- El que frenó a los suyos
- El golpe blando de Vega
- Ionescu cercado
- La avería que no espera
- El corazón
- Solo juntos
- Naima en la noche
- El cordón
- Vega
- El precio
- El que guardó
- La asamblea
- La primera vez que se sentaron juntos
- El rumbo
- La nueva Carta
- Naima
- Vega después
- Lo que queda de Ionescu
- La cadena de manos
- El Archivo abierto
- Los ojos de la nave
- El pan y la piedra
- Los que vienen después
- El primer hijo de la verdad
- El día de la verdad
- La candidata
- La ventana