Novela independienteLa Llama y el Archipiélagoportada en preparación
Novela independiente · Novela histórica

La Llama y el Archipiélago

Te enseñaron a temer el mar. Nunca te dijeron que la jaula estaba en tierra.

Próximamente
Aún no publicado · próximamente en Amazon

Sinopsis

Sinopsis en preparación.

Las primeras páginas

La registradora

El libro pesaba más que cualquier otra cosa de la isla, y Elara era la única que lo sabía.

Lo levantaba cada mañana de su atril de hierro, lo abría por la cinta de tela y pasaba la palma por la página para alisar el papel antes de mojar la pluma. No era un gesto necesario. El papel estaba liso. Pero su madre se lo había enseñado de niña, cuando todavía creía que su madre estaba viva y dentro de los muros, y Elara había heredado el gesto igual que había heredado el atril, el taburete y el deber. Alisar la página. Respirar. Escribir solo lo que el Consejo había dictado.

La sala del Registro daba al patio interior, lejos del mar. Eso también era deliberado. Desde la única ventana se veía el muro de piedra gris, la cisterna y, si se torcía el cuello, el arranque de la torre de vigilancia. Nada de agua. La Llama no quería que su registradora mirase el agua mientras escribía, y durante veintiún años Elara no había entendido por qué, porque durante veintiún años no se le había ocurrido que hubiese un porqué.

Aquella mañana de invierno había tres asuntos en la bandeja de juncos. Un nacimiento en la casa de los Renou. Una muerte: el viejo Tobar, del taller de redes, que llevaba media estación tosiendo sangre y por fin había dejado de toser. Y una orden de revisión, sellada con el círculo del Consejo, que le pedía cotejar los registros de los exiliados de los últimos diez años «para depurar inexactitudes».

Empezó por la muerte, que era la más fácil. Las muertes no mentían. Anotó el nombre de Tobar, la fecha, la causa que había firmado la sanadora, y dejó en blanco la última columna, la que el Consejo rellenaba después con una palabra: descanso, o servicio, o silencio, según lo que decidieran que había sido aquella vida. Elara nunca rellenaba esa columna. Solo la dejaba esperando, como una boca abierta.

El nacimiento le llevó más. Había que cruzar el apellido con el libro de linajes, comprobar que los Renou tenían cupo de hijo aquel año, registrar el sexo y asignar el número. Cada persona de la Isla de la Llama era un número antes de ser un nombre. El de Elara era el 1.140. Lo sabía de memoria, como sabía el de su madre, el 904, aunque hacía años que no se atrevía a buscarlo.

Dejó la orden de revisión para el final porque le daba pereza y porque le daba, aunque no lo habría dicho en voz alta, una incomodidad sorda en el estómago. Depurar inexactitudes. El libro no tenía inexactitudes. Esa era la primera cosa que aprendía un registrador: «El libro siempre dice la verdad». No porque alguien lo vigilara, sino porque lo que estaba escrito era, por definición, lo que había ocurrido. Si el libro decía que un hombre había sido exiliado, ese hombre había sido exiliado. Si decía que una mujer había muerto, había muerto. Discutirlo era como discutir la marea.

Abrió el tomo de los exiliados.

Era el más grueso de todos y el que menos le gustaba tocar. Los exiliados no tenían columna de descanso. Tenían una sola palabra al final del renglón, repetida página tras página con la misma letra de distintos registradores muertos: fuera. Un hombre robaba raciones, el Consejo deliberaba, y al día siguiente alguien escribía su número, su nombre y fuera, y la persona desaparecía de la isla y del libro de los vivos a la vez. Nadie volvía del fuera. El mar se los quedaba. Eso enseñaban a los niños para que no quisieran salir: que más allá del puerto solo había agua negra, tormentas y los que habían sido tan malos que la Llama los había escupido.

Elara empezó a cotejar nombres con la lista que el Consejo le había adjuntado. Era un trabajo de hormiga. Cruzar un número, comprobar una fecha, marcar al margen con un punto los renglones que coincidían. Avanzó por el año de los grandes fríos, por el año de la escasez, por el año en que ella misma había cumplido dieciséis y había firmado por primera vez sin que le temblara la mano.

Y entonces, en una página que no estaba en la lista que le habían dado, sin buscarlo, porque pasaba las hojas hacia atrás para volver al sitio, vio el número 904.

Se detuvo con la pluma en el aire.

904. Saira Voss.

No estaba en el libro de los muertos. Estaba allí, en el de los exiliados, con la misma letra parda de todos los demás, en una fecha de hacía catorce años. Y al final del renglón no decía fuera.

Decía Verde.

Elara leyó la palabra tres veces. Después miró hacia la puerta, que estaba cerrada, y hacia la ventana, que solo daba al muro, y volvió a leerla una cuarta, como si por mirarla mucho fuese a transformarse en otra cosa, en una mancha, en un error de un copista de hace años. No se transformó. Saira Voss, número 904. Exiliada. Verde.

Le habían dicho que su madre había muerto en el exterior. Se lo había dicho la mujer que la crió después, la maestra de número, el propio consejero que un día la llamó, cuando tenía siete años, y le puso una mano fría en la cabeza y le explicó que su madre había salido a una misión de la Llama y que el mar se la había llevado, y que ella debía estar orgullosa, porque había muerto sirviendo. Elara había llorado lo justo y había crecido con aquella historia metida dentro como una piedra que ya no se nota.

El libro decía otra cosa. El libro, que siempre decía la verdad, decía que su madre no había muerto en ninguna misión. La habían exiliado. Y no la habían echado al fuera de las tormentas y el agua negra.

La habían mandado a un sitio que se llamaba Verde.

Elara no sabía qué era Verde. Nunca había oído la palabra dentro de los muros, salvo para el color de algo, el musgo de la cisterna, el moho del pan malo. Pero estaba escrita en el libro de los exiliados con la naturalidad de quien anota un lugar real, un destino, no una metáfora del fin. Como si fuera de la Llama, en lugar de no haber nada, hubiera un sitio. Un sitio con nombre.

Cerró el tomo despacio, sin golpe, porque hasta el ruido le pareció peligroso. El corazón le iba demasiado rápido para una sala tan quieta. Se obligó a respirar. Se obligó a pensar como registradora, que era la única forma de pensar que conocía: ¿qué hechos hay? Hecho uno: el Consejo le dijo que su madre murió. Hecho dos: el libro dice que la exiliaron a Verde. Las dos cosas no podían ser verdad. Y el libro siempre decía la verdad.

El libro completo, próximamente en Amazon
Índice · 56 capítulos
  1. La registradora
  2. El recuento de los vivos
  3. El guardia del muelle
  4. Las noches del libro
  5. El nombre tachado
  6. Primer contacto
  7. Tres días
  8. Mara
  9. Tres de cuatro
  10. Exiliada
  11. El muerto que respira
  12. Dos que cuentan
  13. La verdad sobre su madre
  14. El guardia nuevo
  15. La marea del istmo
  16. La bodega del Gavián
  17. La huida
  18. Mar abierto
  19. El pecio
  20. La isla del manantial
  21. La tormenta
  22. La niebla
  23. Los que no volvieron
  24. El laboratorio
  25. Lo que cuesta salir
  26. En la niebla
  27. Fiebre
  28. Aprender el mar
  29. Los Barcos Sin Ley
  30. A vela
  31. Isla Verde
  32. Tierra firme
  33. Cuarentena
  34. La madre
  35. Los días de Verde
  36. Los que volvieron rotos
  37. La confrontación
  38. El peso de la pluma
  39. Quién es Kael
  40. En Verde
  41. El consejo dividido
  42. El plan
  43. La espera
  44. El pueblo vacío
  45. El cerco
  46. El asalto
  47. La cuenta de los caídos
  48. Después del fuego
  49. Isla por isla
  50. Bajo el muro
  51. El consejo de las islas
  52. El nombre que faltaba
  53. La tentación del libro
  54. El hijo y el confeso
  55. El final elegido
  56. Epílogo — El renglón verdadero