Portada de El Último Latido
Ecos de Ceniza · Ciencia ficción

El Último Latido

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Sinopsis

Ciento treinta años después de la Gran Tormenta y las Guerras del Olvido, no quedan gobiernos, ni ciudades vivas, ni historia común. La humanidad sobrevive en asentamientos dispersos donde la verdad se escribe en secreto, con carbón, sangre o ceniza. Y hasta esa verdad tiene enemigos: los Restauradores, una red invisible que falsifica cartas y reescribe la memoria de aldeas enteras. No matan cuerpos. Matan recuerdos.

Kaïra es Portadora: lleva cartas verdaderas de un asentamiento a otro, recuerdos reales que nadie ha manipulado. Cada entrega es un acto de resistencia. Camina sola, acompañada por un perro que parece saber más que ella y por una tercera carta, sin destino claro, que no se atreve a abandonar. Alguien la sigue. Alguien la recuerda con un nombre que ya no usa.

Primer libro de la trilogía *Ecos de Ceniza*: una novela postapocalíptica donde el campo de batalla no es la tierra, sino la memoria.

Las primeras páginas

Introducción

Han pasado seis generaciones desde el apagón. Seis generaciones desde que el mundo se desconectó de sí mismo, desde que la red murió, las pantallas enmudecieron y el silencio se convirtió en el nuevo idioma.

La Tercera Guerra Mundial no estalló como las anteriores. No hubo trincheras ni misiles intercontinentales. Solo pulsos electromagnéticos lanzados desde órbita, un ataque sincronizado que en segundos desconectó el planeta. Cayeron las redes, los satélites, las comunicaciones. Los aviones cayeron, los quirófanos se detuvieron, las presas se rompieron. Pero eso fue solo el primer minuto.

El segundo fue peor. El mundo, interdependiente hasta los huesos, se vino abajo. No gradualmente. De golpe. Los gobiernos duraron lo que dura una rueda girando sin freno; la ley fue la primera en desaparecer. Las grandes ciudades murieron en semanas, porque un lugar sin comida, sin agua y sin luz no es un lugar: es una trampa. La naturaleza ocupó el hueco con rapidez brutal, el clima se descontroló y, de las llanuras de cultivo muertas y de dos montañas que despertaron y no volvieron a dormirse, nació la ceniza que hoy cubre los caminos. Las armas de fuego sobrevivieron al pulso, pero la munición se agotó y la pólvora quedó guardada en muy pocas manos: el filo, que no pide recarga, volvió a mandar.

Quedó un mundo de asentamientos dispersos que no se parecen entre sí, sin historia común, donde la escritura se volvió tabú y cada aldea recuerda un pasado distinto. Los libros aún existen. Pero no todos saben leer. Y cada año, menos.

Y entonces, cuando ya nadie esperaba la estructura… surgieron ellos.

Los mensajeros.

No fueron una idea. Ni una organización. Ni una resistencia. Fueron un accidente natural.

Personas solitarias. Comerciantes nómadas. Gente con piernas fuertes y poco apego. Al principio, intercambiaban sal por jabón, mechas por cereales, herramientas por ropa. Con el tiempo, empezaron a llevar noticias. Primero de viva voz. Luego escritas.

Una carta. Un nombre. Una advertencia. Una pregunta.

Nadie confiaba al principio. Luego, dependieron de ellos. Porque en un mundo sin señales, sin radios, sin forma de saber qué ocurre más allá del siguiente valle… una hoja de papel puede cambiar el destino de una comunidad entera.

Hoy, los mensajeros cruzan rutas que nadie controla del todo. Algunos son bien recibidos. Otros, asesinados al llegar. Algunos traen verdad. Otros… no.

Hay quien los considera mitos. Otros, espías. Algunos dicen que están organizados. Otros, que van por libre.

La verdad es que da igual. Siguen andando. Porque las cartas aún se escriben. Y alguien tiene que llevarlas.

Una de ellas camina sola. Sin uniforme. Sin patria. Sin nombre conocido.

Antes sirvió a algo más oscuro. Entregaba cartas falsas. Desencadenaba guerras con tinta. Hasta que entendió el daño. Y dejó de obedecer.

Ahora solo lleva cartas que cree verdaderas. Y una que nunca ha abierto. Y otra que no recuerda haber recogido. Y muchas que no sabe si llegarán.

No tiene hogar. No tiene aliados. Solo un zurrón. Camina porque detenerse sería morir. Y porque, aunque no lo diga, aunque nunca lo admita… cree que aún hay cosas que deben decirse.

Cosas que, si no se escriben ahora, no volverán a existir jamás.

Capítulo 1: La Última Carta

El mundo había perdido las estaciones. Le quedaban solo ciclos de ceniza y viento, como si la tierra respirara con un pulmón enfermo y exhalara polvo y hueso sobre un paisaje sin pulso. Caminar por él era recorrer por dentro una herida que nunca cerró: el aire raspaba la garganta, la luz sudaba ceniza y nada, en kilómetros, crecía ni cantaba.

Kaïra avanzaba sola por el borde de un campo que alguna vez se cultivó. La tierra estaba agrietada bajo una escarcha que no era nieve, sino polvo viejo mezclado con sal, y olía a raíz podrida y a humo seco.

El zurrón le pesaba, pero no por lo que llevaba dentro. Dos cartas: entregas ya cumplidas, recuerdos ajenos que por fin descansaban. La tercera no viajaba en el zurrón. La llevaba colgada del cuello, envuelta en tela: la última carta de su hermana, desaparecida en el colapso. Nunca se había atrevido a abrirla. Nunca había sabido dejarla atrás.

Había aprendido a no hacerse preguntas. En un mundo sin respuestas, solo las certezas dolían menos. Su paso era constante, medido, como si cada zancada estuviera trazada de antemano en una ruta sin mapas.

Un crujido seco detrás. Kaïra se detuvo y la “otra” pisada también. Ajustó la correa y aceleró; cuando miró de reojo, no había nadie. Llevaba días sintiendo una presencia, pero nunca veía a nadie. No tenía tiempo para temer: el miedo solo la habría paralizado.

El sol, si es que aún se podía llamar así, apenas cruzaba el cielo. Era una luz enferma, filtrada por capas de partículas que flotaban desde hacía generaciones. Kaïra caminaba con la capucha echada, el paso firme y los ojos abiertos como cuchillas. No por miedo. El miedo venía después. Antes venía el silencio.

Pasó junto a una construcción derruida. No quedaban muros, solo fragmentos de piedra ennegrecida, desparramados como huesos rotos de un cuerpo que ya nadie recordaba. Algunas rocas conservaban símbolos grabados, medio devorados por líquenes pálidos y musgo reseco. Eran figuras talladas con una mano firme, quizás rituales, quizás advertencias.

Uno de ellos, apenas visible entre líquenes y musgo seco, era una "R" invertida, desgastada pero reconocible, como una cicatriz que el tiempo no había podido borrar. Durante un segundo, Kaïra sintió que ese símbolo la observaba: una advertencia, no una simple marca. Una firma de los Restauradores. Una herida dejada a propósito en la memoria de las piedras.

A su alrededor, la tierra parecía más fría, como si el lugar aún recordara lo que allí ocurrió. El silencio era más denso. Como si incluso el viento se negara a tocar aquel rincón de memoria olvidada.

Se detuvo. Tocó la piedra. Estaba fría, pero el recuerdo que le vino fue caliente. Una explosión. Gritos. Una orden dada. Una sombra. Y luego… vacío. Cerró los ojos. El rostro que veía antes del fogonazo era joven. El suyo.

No sabía si ese recuerdo era real o implantado. O si tal vez alguien lo había contado tantas veces que lo había hecho suyo. El pasado era una colección de fragmentos desordenados. En su mente, las piezas no encajaban. Algunas brillaban con nitidez. Otras estaban cubiertas de sangre o de barro. Algunas dolían. Otras, daban miedo.

Siguió caminando.

En la lejanía, algo se movía. Al principio pensó que era una ilusión térmica, un reflejo sobre la tierra agrietada. Pero volvió a verlo. Un perro. No uno cualquiera. Era grande, de pelaje oscuro y espeso, con ojos como brasas apagadas. Su andar era sigiloso, casi felino. No ladraba. No huía. Solo observaba, erguido entre las sombras como un centinela primitivo.

Índice · 24 capítulos
  1. Introducción
  2. Capítulo 1: La Última Carta
  3. Capítulo 2: Entre Barro y Silencio
  4. Capítulo 3: Nieve Roja I
  5. Capítulo 4: Nieve Roja II
  6. Capítulo 5: La Ruta Vacía
  7. Capítulo 6: Los Restauradores
  8. Capítulo 7: Sombras en la Ladera
  9. Capítulo 8: Cartas no Entregadas
  10. Capítulo 9: Refugio de Invierno
  11. Capítulo 10: El Asentamiento Transparente
  12. Capítulo 11: Punto de Agua
  13. Capítulo 12: El Último Puente
  14. Capítulo 13: El Mercado Velado
  15. Capítulo 14: Las Sombras que Dejamos
  16. Capítulo 15: Cruce de Polvo
  17. Capítulo 16: La Voz de Todos
  18. Capítulo 17: Traiciones y Llamas
  19. Capítulo 18: Restos de Ruta
  20. Capítulo 19: El Último Latido
  21. Epílogo
  22. Personajes principales
  23. Notas del Silencio
  24. Cronología histórica y ficticia de El Último Latido

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