Sinopsis
Una señal de socorro vuelve a sonar desde el confín del sistema solar. El caso se cerró hace doce años: la *Estela de Ámbar* se perdió en la Frontera y nunca regresó. Pero ahí está la baliza otra vez, latiendo en la oscuridad, exactamente en el punto donde la nave desapareció.
La capitana Vega Ruiz y su pequeño equipo de rescate responden. Encuentran la nave intacta: corredores en penumbra, aire caliente, sistemas dormidos, ni un solo daño en el casco, ni un solo cadáver. Una bitácora con días que no constan en ningún archivo. Y, en una cápsula de hibernación, una mujer con el mismo rostro y la misma edad que tenía cuando la nave se perdió, como si para ella no hubiera pasado el tiempo.
Lo que el equipo tarda demasiado en entender es que el fenómeno de la Frontera no hunde naves: las copia. Y que cada rescate cobra un precio. Entre relojes que se adelantan, registros firmados antes de tiempo y cuerpos que aparecen dos veces, Vega descubrirá que el verdadero terror no es morir en el vacío, sino regresar siendo «otro» y no saberlo.
Ciencia ficción y terror psicológico claustrofóbico para quien disfrutó la atmósfera de *Solaris* o *Event Horizon*: una historia sobre el tiempo, la identidad y lo que de verdad nos hace ser nosotros.
Las primeras páginas
El caso cerrado
Lo primero que Vega Ruiz supo, antes incluso de saber que estaba despierta, fue que algo sonaba.
No era una alarma. Las alarmas del Caronte tenían tono propio, urgente y plano, diseñado para arrancar a un cuerpo de la estasis sin contemplaciones. Esto era otra cosa: un pulso lento, espaciado, casi cortés, que entraba por el cráneo antes de que los párpados se atrevieran a moverse. Un sonido que parecía pedir permiso.
Abrió los ojos a la penumbra azul de la cápsula. El líquido criónico ya se había drenado; sentía el peso de su propio cuerpo regresando a ella miembro a miembro, como una marea fría que sube por las piernas. La tapa de la cápsula se retiró con un siseo, y el aire del Caronte le llenó los pulmones: reciclado, metálico, con ese fondo dulzón de los filtros que llevaba dieciocho años respirando y que ya no sabía distinguir del aire de verdad.
El pulso seguía sonando.
—Echo —dijo, y la voz le salió rasposa, una cuerda sin tensar—. ¿Qué es eso?
La sala de estasis se iluminó por sectores a su alrededor, las luces despertando con ella. Las otras tres cápsulas seguían cerradas, sus ocupantes flotando en su sueño químico: Keller, Ishida, Okonkwo, tres siluetas borrosas tras el cristal escarchado. En el centro de la sala, suspendido a media altura por sus rotores silenciosos, el dron desplegó su anillo de sensores hacia ella. Una luz ámbar parpadeó en su carcasa.
—Una baliza de socorro —respondió Echo. La voz del dron era serena, sin inflexión, una voz construida para no asustar y que precisamente por eso, a veces, en mitad de la noche larga del vacío, asustaba—. Banda de emergencia estándar. Origen: cuadrante exterior, sector que la cartografía designa como Frontera. Intensidad débil. Patrón de repetición: uno coma siete segundos.
Vega se incorporó. Le dolían las articulaciones, el precio de cada despertar, y el corazón le latía un punto demasiado rápido. Eso no era el frío.
—¿Por qué me has despertado solo a mí?
—Protocolo de mando. La señal porta un identificador. He cotejado el identificador con el archivo de la Agencia. —Una pausa mínima del dron, una de esas pausas que Vega había aprendido a leer como duda en una máquina que no debería tener ninguna—. El caso está cerrado.
—¿Cerrado?
—Marcado como pérdida total. Hace doce años, tres meses y nueve días. La baliza no debería poder emitir.
Vega se quedó muy quieta. El pulso lento seguía llegando, uno coma siete segundos, uno coma siete segundos, paciente como un goteo. Doce años. Había algo en esa cifra que le raspaba por dentro, un guijarro en un zapato que no podía quitarse porque no sabía en qué pie estaba.
—Proyecta el identificador.
El aire frente a ella se llenó de luz. Echo extendió el holograma: una ficha de registro de la Agencia, los campos rellenos en el azul frío de los archivos muertos. Vega lo leyó de arriba abajo y el guijarro se convirtió en piedra.
NAVE: Estela de Ámbar. Clase exploración profunda. Tripulación: seis. Última posición conocida: sector Frontera, coordenadas adjuntas. Estado: PÉRDIDA TOTAL. Causa: desconocida. Resolución: caso cerrado por inactividad, sin recuperación de restos.
Le heló la sangre reconocerlo, más que el nombre en sí.
No recordaba haberlo oído nunca. Y sin embargo lo conocía como se conoce la voz de alguien al otro lado de una puerta: sin verlo, sin nombre, con la certeza animal de que ya ha estado ahí. Estela de Ámbar. Las dos palabras se le acomodaron en la boca como si las hubiera dicho mil veces, en otra vida, en un sueño que se le había caído de la memoria al despertar.
—Capitana —dijo Echo—. ¿Procedo a despertar al resto de la tripulación?
Vega no respondió enseguida. Se levantó del todo, descalza sobre el suelo de rejilla, y caminó hasta el ventanal de la sala de estasis. Fuera no había nada. Eso era lo que nunca dejaba de impresionarla del espacio profundo, por mucho que llevara media vida en él: no la grandeza, no las estrellas, sino el nada. El vacío no era negro como una habitación a oscuras, donde uno intuye las paredes. El vacío no tenía paredes. Era una ausencia tan completa que el ojo la buscaba y resbalaba, y la mente, incapaz de aceptar la nada, empezaba a poner cosas en ella. Rostros. Movimientos. Una baliza sonando donde no debería sonar nadie.
—¿Capitana?
—¿Dónde estamos exactamente?
—A doce horas de las coordenadas de la baliza, a velocidad de crucero. Si autoriza el cambio de rumbo, puedo trazar la aproximación.
Doce años. Doce horas. Vega cerró los ojos y, por un instante, vio algo: un corredor estrecho con luces tenues, una mano que no era la suya apoyada en un mamparo, una sensación de estar volviendo a un sitio del que nunca se había marchado. Se le pasó tan rápido que no pudo decir si lo había recordado o lo había inventado.
Abrió los ojos. El vacío seguía ahí, esperándola, paciente como la baliza.
—¿La Agencia sabe que la señal ha vuelto a sonar?
—La he reportado por canal automático. No hay respuesta todavía. A esta distancia, el mensaje tarda.
—Claro. —Vega apoyó la palma en el cristal frío. Al otro lado, a doce horas, una nave que llevaba doce años muerta pedía auxilio—. Tarda.
Hubo un silencio, roto solo por el pulso. Uno coma siete segundos. Uno coma siete segundos.
—Despierta a los demás —dijo Vega al fin—. Y cambia el rumbo. Vamos a contestar.
—Confirmado, capitana. Trazando aproximación a la Estela de Ámbar. —El dron giró sobre sí mismo, las luces de la sala empezaron a subir de intensidad, y las tres cápsulas restantes iniciaron su ciclo de despertar con un coro de siseos.
Vega se quedó mirando el vacío un momento más. La piedra que tenía dentro no se movía. Conocía esa nave. No sabía de qué, y eso era exactamente lo que la asustaba: no el peligro de ir, sino la certeza, fría y completa, de que ya había ido.
A su espalda, una a una, las cápsulas se abrieron.
Briefing
Tomás Keller despertó como despertaba siempre: convencido de que llegaba tarde a algo.
Era una herencia de la infancia que doce años de vuelos largos no habían conseguido curarle. Salió de la cápsula con el cuerpo entumecido, los dedos torpes, la boca con sabor a moneda, y lo primero que hizo, antes incluso de ponerse en pie, fue un chiste, porque los chistes eran lo único que se le ocurría hacer con las manos cuando las manos todavía no respondían.
—¿Ya hemos llegado al fin del universo o solo me lo parece?
Índice · 88 capítulos
- El caso cerrado
- Briefing
- Echo despierta
- Aproximación
- Demasiado limpia
- Primer abordaje
- Las bitácoras
- Calor donde no hay nadie
- El camarote siete
- Lo que vio el dron
- Las figuras
- Remolque
- El durmiente
- Despertar
- Cartas
- El testimonio
- Deriva
- Anomalía medida
- Registros manipulados
- La enfermería
- La noche que no acababa
- El expediente
- Lo que Brandt sabía antes
- Brandt contesta
- Mando
- El programa Lázaro
- El cuerpo
- La bodega, otra vez
- ¿Cuál es real?
- Lo que Iris recordaba dos veces
- El precio en la carne
- Daniel
- La primera grieta del Caronte
- La regla
- Volver entero
- El primer aviso
- Lo que Vega no recuerda
- El Heliógrafo
- Las voces del Heliógrafo
- Iris elige
- El instante de despertar
- El motín de la lógica
- La nave que no se fue
- Inventario de los perdidos
- Paranoia
- La baliza propia
- El doble
- El deterioro de Daniel
- El último paciente
- La última cena
- La tripulación del Heliógrafo
- Lo que quiere el vacío
- Iris y el cuerpo
- El Caronte no es seguro
- La decisión
- El plan de Echo
- Pensar como una máquina
- El cálculo del cruce
- Vigilia
- Dos que se quedan
- Naoko se queda
- Reconciliación
- Tomás y Lena
- Brandt, la última vez
- Mara, otra vez
- Preparativos
- El cruce, primera fase
- Versiones
- El cruce, segunda fase
- El sacrificio del dron
- Lo que se queda
- Lo que vuelve
- El regreso
- Reincorporación
- El precio de contarlo
- La firma
- Lena en el muelle
- Lo que se cuenta
- La placa
- El nuevo Echo
- La curiosidad
- Doce años después
- La archivera
- La decisión de Mireia
- El silencio entre los pulsos
- Vega, años después
- El nuevo
- Eco