Sinopsis
Elena llevaba treinta años sin volver. Regresa al pueblo de la sierra solo para enterrar a su madre, pero el embalse, vaciado por la peor sequía en décadas, ha sacado a la luz un viejo molino que el agua tapó hace medio siglo. Y con él, una pregunta que el pueblo entero parece conocer menos ella.
Todos la miran con una mezcla de pena y miedo. Una anciana la abraza y la llama «mi niña». En la casa materna, una foto puesta del revés y una frase sin terminar abren una grieta en su memoria: el verano de 1995, una amiga llamada Marina de la que no recuerda absolutamente nada, y un silencio que media comarca lleva décadas guardando.
El lunes cierran las compuertas y el agua volverá a cubrirlo todo. Elena tiene hasta entonces para recordar lo que alguien se empeñó en hacerle olvidar.
Una novela sobre la memoria que pesa y el olvido que flota, sobre el poder que compra el silencio de un valle entero y sobre la verdad que, como el agua, siempre termina por bajar.
Las primeras páginas
1 · El pantano muerto
El pantano fue lo primero que vi del pueblo, y estaba muerto.
Llevaba treinta años sin coger aquella carretera, la comarcal estrecha que sube a la sierra entre encinas y cunetas de cardo seco, y la había hecho casi en trance, sin música, con las dos manos en el volante y la cabeza en otra parte, en mi madre dentro de una caja, en el papeleo que me esperaba, en la semana que iba a pasar aquí y en las ganas que tenía de que terminara antes de empezar. Pasé por delante de pueblos que se morían igual que se mueren todos los pueblos de esta España de adentro: las eras vacías, los carteles de «se vende» descoloridos, los bares cerrados con la persiana comida de óxido, alguna anciana sentada al sol en una silla de enea mirando pasar el único coche de la tarde, que era el mío. Cada pocos kilómetros, un campanario sin pueblo alrededor. La sensación de cruzar un país que se apaga habitación por habitación.
Y yo recordaba aquella carretera bordeando agua. La recordaba con esa nitidez engañosa de los recuerdos de la infancia, que son más bonitos que la cosa que recuerdan: una lámina azul oscuro, enorme, quieta, que daba miedo de tan honda, esa clase de agua de embalse que parece dormida y no lo está, que un día de hace medio siglo se tragó un valle entero con su iglesia y sus huertos y su cementerio y sigue ahí, lisa, con cara de no haber hecho nada, guardando un pueblo ahogado en el fondo. De niña me contaban que cuando bajaba mucho el agua, en los veranos secos, asomaba la punta del campanario del pueblo viejo, y que algunas noches, si pegabas la oreja, se oían las campanas tocar a muerto bajo el agua. Mentira de abuelas. Pero yo me la creía, y tenía pesadillas con campanas debajo del agua, y mi madre me decía «tú con el agua no, Elena, tú con el agua no», y me apartaba de la orilla, y yo le hacía caso sin preguntar, igual que se hace caso a las verdades que una sabe ciertas sin saber de dónde le vienen.
Tomé la curva donde siempre aparecía el agua, esa curva que mi cuerpo recordaba aunque yo no quisiera, y en lugar del azul apareció un cráter.
Frené en el arcén sin decidirlo, con un frenazo que levantó polvo. Dos años sin llover, decían las noticias, la peor sequía en no sé cuántas décadas, y encima unas obras en la presa que habían obligado a desembalsar casi del todo. El resultado era aquello: una herida abierta en mitad de la sierra. Donde yo recordaba treinta metros de agua había ahora treinta metros de aire seco, y abajo, muy abajo, una balsa parda y triste, encogida, y entre la balsa y la carretera una ladera de barro cuarteado que subía y subía, pálida, midiendo con precisión de regla todo lo que faltaba, como esa marca que deja el agua sucia en una bañera vacía. Los tocones de los árboles que el embalse había anegado medio siglo atrás asomaban negros y retorcidos del fango, un bosque de muñones. Olía, hasta dentro del coche con las ventanillas subidas, a légamo y a podrido, ese olor a fondo de cosa que sube cuando un agua se muere.
Y en mitad de aquel descampado lunar, abajo, donde antes no había más que agua azul, había un edificio. Tardé en reconocerlo porque no tenía sentido que estuviera allí, porque llevaba treinta años bajo el agua y yo ni sabía que existía: un molino viejo, de piedra, con la rueda podrida y el tejado hundido y una puerta arrancada que desde la carretera parecía una boca negra abierta. El agua, al retirarse, lo había escupido. Llevaba dos años escupiéndolo, milímetro a milímetro, devolviéndolo al aire después de medio siglo.
Me quedé mirándolo más tiempo del que tenía sentido mirar un molino en ruinas. Y mientras lo miraba, me pasó una cosa en el cuerpo que no supe nombrar y que despaché como cansancio del viaje: se me puso el corazón a latir fuerte, en la garganta, con un golpeteo de susto, como cuando una se despierta de golpe de una pesadilla que no recuerda pero que le ha dejado el cuerpo en alerta. Tenía las manos frías sobre el volante en pleno agosto. Y unas ganas absurdas, físicas, de arrancar y no mirar más aquel agujero. Le tengo miedo al agua, ya lo he dicho, un miedo viejo y sin causa, no sé nadar, no me meto en piscinas, y siempre lo había achacado a aquellas pesadillas de niña con las campanas del pueblo ahogado. Pero aquel día, frente al pantano vacío, no fue el agua lo que me dio miedo. Fue la falta de agua. Fue el fondo. Fue lo que el agua, al irse, estaba dejando al aire.
Arranqué. Venía a enterrar a mi madre, no a hacerle terapia a un embalse.
Me fui de este pueblo a los quince años y no había vuelto. Ni una sola vez en treinta años, ni en fiestas, ni en Navidades, ni cuando murió la tía que me acogió, ni después. Era mi madre la que venía a verme a mí, a la capital, dos o tres veces al año, con su bolsa de chorizos y morcillas y su cara de felicidad contenida, y yo nunca le propuse subir, y ella nunca me lo pidió. Las dos esquivábamos el pueblo como se esquiva un tema espinoso en una comida familiar: por las buenas, sin nombrarlo, cambiando de conversación antes de llegar. Y yo creía saber por qué no volvía. La historia me la sabía de memoria, porque me la había contado ella y porque las cosas que cuentan las madres tienen el peso de las escrituras: aquel verano, el de mis quince años, cogí unas fiebres terribles, de esas que ya no se ven, que me tuvieron semanas en cama delirando, y cuando levanté cabeza ya era septiembre, y los médicos dijeron que la humedad del pueblo no me convenía, y mi madre decidió mandarme a la capital, con su hermana, a estudiar y a respirar otro aire. Me fui en septiembre. Y de aquel final de verano, de las semanas de la fiebre, no guardo nada: un hueco limpio, una zona velada, como el trozo quemado de una película. Te dicen que la fiebre muy alta hace eso, que se lleva trozos por delante, y una lo acepta de niña y no vuelve a tocarlo, porque, ¿para qué iba una a hurgar en un agujero? Los agujeros se rodean. Se aprende a vivir alrededor de ellos. Yo había construido una vida entera, ordenada y solitaria, rodeando aquel agujero con tanto cuidado que ya ni lo veía.
Índice · 39 capítulos
- 1 · El pantano muerto
- 2 · Tres dedos de la misma mano
- 3 · La noche de la fuente
- 4 · El segundo de más
- 5 · Un diente nuevo en una boca vieja
- 6 · El rey bueno
- 7 · El coche en la curva
- 8 · El cajón que se atranca
- 9 · La roca alta
- 10 · La foto del revés
- 11 · Conmigo al agua no
- 12 · El bar con la persiana a medias
- 13 · Una máquina de versiones
- 14 · La sombra dentro del coche
- 15 · Lo que está abajo
- 16 · La ciudad con mar
- 17 · Una voz al cuarto timbre
- 18 · El viento de Gijón
- 19 · El palillo en el suelo
- 20 · El que durmió aquella noche
- 21 · La casa de las fotos
- 22 · La confesión del cabo
- 23 · El hermano del taller
- 24 · La curva de noche
- 25 · Bajar a por ella
- 26 · La pulsera de feria
- 27 · La carta del amo
- 28 · Con sujeto y con verbo
- 29 · El verbo que faltaba
- 30 · Una entrada al año
- 31 · Tres es testimonio
- 32 · La orilla por las dos
- 33 · El que bajó los ojos
- 34 · La barbilla alta
- 35 · El saludo que no se devuelve
- 36 · Murió salvando a una amiga
- 37 · Los dos que quedamos
- 38 · Las macetas
- Epílogo · Que suba el agua