Sinopsis
En Ciudad de Sal el agua se mide por la muñeca. Un chip bajo la piel marca cuántos litros te quedan, y cuando el punto se pone rojo, no bebes hasta medianoche. La empresa que controla cada gota, HidraCorp, lo repite en cada cruce: «HidraCorp te mantiene con vida». Y la gente lo cree, porque la sed enseña a obedecer.
Nara Ibarra, técnica de mantenimiento del anillo más pobre, ha aprendido a sobrevivir contando: litros, colas, turnos. Hasta que una madrugada las cuentas dejan de cuadrarle. La ciudad produce más agua de la que reparte. Sobra agua. Y la tiran al mar de noche, mientras en su sector un niño se seca a la sombra de un cartel.
Lo que Nara descubre debajo de la ciudad, un depósito lleno hasta arriba, retenido a propósito para que la calle tenga sed, la pone en el mismo camino que mató a su padre doce años atrás. Para enseñarle la verdad a una ciudad entera necesitará a un contrabandista del subsuelo, a una ingeniera con una deuda vieja, y un plan que puede dar de beber a miles o dejarlos a todos sin nada.
Un tecno-thriller distópico sobre el agua como poder, la mentira que llamamos paz y lo que cuesta dejar de mirar hacia otro lado.
Las primeras páginas
La cola
El sol no había salido del todo y la sal ya raspaba.
Nara Ibarra llevaba en la cola del aforo desde antes del primer naranja del cielo, con la muñeca contra el pecho y la garganta cerrada como un puño. Delante de ella, ochenta personas. Detrás, las que fueran. La fila se enroscaba en el canal seco de la calle Brava, bajaba por donde antes corría el agua y ahora corrían los cuerpos, y se perdía bajo el cartel de siempre, el que presidía el cruce desde que ella tenía memoria: HIDRACORP TE MANTIENE CON VIDA, en letras del color del hueso, sobre un mar azul que nadie había visto azul.
El viento bajaba del norte y traía la sal de las salinas muertas. Se metía en los ojos, en las grietas de los labios, en la tos. Nara se había aprendido de pequeña a respirar por la nariz y a no lamerse la boca, porque lamerse la boca con sal era empezar a tener más sed. Lo había aprendido de su padre. Casi todo lo útil lo había aprendido de su padre.
La columna avanzó un paso. Un paso eran tres minutos. Nara hizo la cuenta sin querer, como hacía siempre las cuentas: ochenta personas por tres minutos eran cuatro horas, y a las nueve entraba en la Planta Siete, y eran las seis y poco, y el surtidor del sector Brava daba cuarenta litros por hora cuando daba, que no siempre. Las cuentas eran lo suyo. A veces pensaba que era lo único suyo de verdad.
Una mujer dos puestos por delante empezó a balancearse.
Nara la había visto antes, una vecina del bloque nueve, con un crío atado a la espalda con una tela. La mujer se balanceó otra vez, despacio, como si la calle entera se hubiera vuelto un barco, y después no se balanceó más: se dobló por la cintura y cayó de lado sobre el cemento ardiente, y el crío chilló, y la cola se abrió alrededor de ella como se abre el agua alrededor de una piedra, sin tocarla.
—Que alguien la levante —dijo Nara, y se adelantó.
Nadie se adelantó con ella. Perder el sitio en la cola era perder el agua del día, y todos lo sabían, y por eso nadie se movió, y por eso a Nara le costó después no odiarlos un poco, aunque ella misma había dudado medio segundo antes de salir. Se arrodilló junto a la mujer. Tenía la piel seca y caliente, los labios blancos de sal, los ojos vueltos. Deshidratación. Nara lo reconoció igual que reconocía una junta reventada por el sonido: por dentro, sin pensarlo.
—Agua —dijo Nara—. Necesita agua ya.
Levantó la cabeza hacia la garita del surtidor, donde dos hombres de uniforme gris miraban la escena con el aburrimiento de quien ha visto la misma escena mil veces. Patrullas de Caudal. No policía: empleados. Empleados con el poder de abrir y cerrar una válvula, que en Ciudad de Sal era el único poder que importaba.
—Tiene aforo agotado —dijo el más alto, sin moverse de la sombra de la garita—. Lo comprobé yo. Si le doy agua fuera de cupo, me la descuentan a mí.
—Se está muriendo.
—Todos nos estamos muriendo, niña. Unos más rápido.
Lo dijo sin crueldad, que era lo peor. Lo dijo como quien comenta el viento.
El crío seguía llorando contra la espalda inerte de su madre. Nara miró su propia muñeca. El chip, bajo la piel del antebrazo, marcaba su saldo con un punto verde que parpadeaba despacio: aún le quedaba cupo, poco, el justo para llegar a la planta y aguantar la jornada. Lo justo para ella. Pensó en su padre. Pensó en la palabra que llevaba ocho años sin decirse en voz alta, cobarde, y se la dijo callando, y abrió la mano.
—Cárguemelo a mí.
El de la garita la miró por primera vez de verdad.
—¿Estás segura?
—Cárguemelo a mí —repitió, y acercó la muñeca al lector de la válvula auxiliar, y el lector pitó, y el punto verde de su brazo se volvió ámbar, y un hilo de agua tibia cayó del grifo de emergencia a la cantimplora abollada que Nara le acercó a la mujer entre los labios.
La mujer tosió. Volvió en sí despacio, parpadeando contra el sol, con el agua corriéndole por la barbilla, y antes de saber dónde estaba se llevó la mano al crío de la espalda para comprobar que seguía allí, que era lo primero que comprobaba una madre incluso medio muerta, y Nara apartó la vista porque eso le dolía de un modo que no sabía nombrar.
—Gracias —dijo la mujer, con la voz rota—. Gracias, gracias.
—No es nada —mintió Nara. Era casi todo lo que le quedaba.
Cuando la mujer pudo sentarse, Nara se levantó, se sacudió el polvo blanco de las rodillas y volvió a la cola. Su sitio se había cerrado. El hombre que iba detrás de ella, un viejo de sombrero, había avanzado al hueco y la miraba de reojo, listo para defenderlo.
—Estaba aquí —dijo Nara.
—Estabas ahí —dijo el viejo, señalando el suelo donde había estado la mujer—. Aquí estoy yo.
No discutió. No tenía sentido. Discutir gastaba saliva. Nara se fue al final de la fila, ochenta puestos más atrás, y mientras caminaba sintió en la muñeca el cosquilleo del chip recalculando, restando, y supo sin mirar lo que iba a ver, y aun así miró: el punto ámbar se había vuelto rojo.
Cupo agotado.
No eran las siete de la mañana.
Se quedó quieta en mitad de la calle Brava, entre el cartel del mar azul y el canal seco, mientras la cola seguía sin ella su avance de tres minutos por paso, y calculó. Calcular era no sentir. Doce horas hasta que se reiniciara el aforo a medianoche. Una jornada de ocho horas en la planta, entre tuberías que escupían vapor caliente, sin un solo trago propio. La cantimplora de la mujer del bloque nueve se la había llevado la mujer del bloque nueve. Nara se pasó la lengua por los labios sin darse cuenta y enseguida se acordó de su padre y dejó de hacerlo.
El sol terminó de salir sobre Ciudad de Sal. Encendió de golpe las grandes tuberías que recorrían las fachadas como venas vistas, los depósitos elevados que coronaban cada manzana, los canales secos convertidos en calles, las salinas blancas del horizonte. Encendió también, allá arriba, lejos, más allá del Anillo Medio, una franja verde imposible: los jardines del Anillo Alto, donde decían que había fuentes que manaban día y noche solo para que sonara el agua. Nara nunca había estado. Nadie del Bajo había estado. Se miraba como se mira el mar en los carteles: sabiendo que existe y sabiendo que no es para ti.
Índice · 80 capítulos
- La cola
- Dieciséis
- Tía Suri
- La Planta Siete
- El oficio
- Cifras que no cuadran
- El borde del Medio
- El filtro ilegal
- Aguas sin licencia
- Teo
- El castigo
- Lo que vio el padre
- El doble fondo
- Decidir mirar
- El panel
- Casi la pillan
- No puede sola
- Alianza incómoda
- Aprender la sombra
- Bajar
- El sifón
- El Depósito Cero
- El sabor del agua robada
- La cuenta de la sed
- La gente de Darek
- Primer agua
- El milagro
- La casa que amaneció con agua
- Vega
- Lo que prende
- Vigilancia
- Bajo los drones
- Terroristas del agua
- La redada
- Coraima
- El subsuelo amenazado
- Huellas
- Eun
- La cita de medianoche
- E. F.
- El plan
- Tres
- Los nombres
- Ovid
- Preparativos
- El ensayo
- Bram
- La noche antes
- Los cuarenta
- Credenciales
- La catedral del agua
- Fuera
- La calle arde
- El filo de la navaja
- Vega responde
- El precio de Bram
- El nodo
- Contragolpe
- Lo que se ve no se desve
- El primero que no avanzó
- Colapso
- Reyes
- La tía de la técnica
- Entre el caos
- La rendición
- Cara a cara
- El juicio del agua
- Después de la sed
- Los hermanos de Bram
- El Depósito abierto
- El primer reparto
- El cartel del mar azul
- Los que volvieron
- Los que no volvieron
- La tentación del depósito
- La planta viva
- El consejo
- Construir algo que puede fallar
- Suri
- Agua y sal